Categoría: DISCOS
22 Diciembre 2008
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Por David Ponce de MUS.CL
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Es el pulso de la experiencia. A dos años de haber patentado en su disco previo la cumbia chilombiana, con partes iguales de raíz cumbiera chilena y colombiana, Chico Trujillo consolida ese ritmo pausado en su nueva grabación. Plato único bailable es el tercer disco de esta sonora que hace años es mucho más que el grupo paralelo en el que Aldo Macha Asenjo, cantante de la banda rockera LaFloripondio, se dedica a la cumbia. Trujillo es uno de los nombres fundacionales de la nueva oleada de cumbia nacional de los últimos años, y aquí se oye por qué.
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No son más de diez canciones, pero en ellas el grupo dispone sus tres argumentos centrales. El primero es la cumbia: Chico Trujillo empezó aprendiendo ese ritmo de la nacional Sonora Palacios, pero con los años se remontó al original colombiano, lento y sabroso, y de ahí ha saltado a otras versiones continentales del baile, como la del legendario mexicano Mike Laure.
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Aquí hay cumbias del propio Laure, como "La cosecha de mujeres", y otras originales en la misma escuela, y con la autoría repartida entre el bajista Tuto Vargas ("Varga-Varga"), el guitarrista Michael Magliochetti (el single "Lanzaplatos") y el propio Macha. La manera de cantar es un sello inconfundible, pero después de tres discos Chico Trujillo ya es un individuo que maneja su estilo.
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El segundo ingrediente es la canción, para cuando el ritmo febril pasa y llega la hora de bajar las luces. Y así como antes Macha cantó "Déjame decirte algo" en sentido tono de bolero, en Plato único bailable ese rol lo juega "Sin excusas", otro bolero con voz y guitarra de palo para una letra adolorida y personal. Y el tercero, conectado con el anterior, es el clásico popular chileno. Al cierre del disco Macha aplica ese mismo sentimiento a un grande como fue Humberto Lozán, cantante de la cincuentera Orquesta Huambaly, de quien toma el bolero "Quémame los ojos" para cerrar este menú bailable a paso lento. Los que saben no se apuran.
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Temas:
1. Varga-varga
2. Lanzaplatos
3. Loca
4. No me pregunten cómo es mi muchacha
5. La cosecha de mujeres
6. Los sabanales
7. Ahora quién
8. Dolor
9. Sin excusas
10. Quémame los ojos.
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Músicos:
Aldo Macha Asenjo (voz y guitarra)
Michael "Bendito" Magliocchetti (voz y guitarra)
Sebastián Cabezas (trompeta)
Luis Tabilo (trombón)
Tuto Vargas (bajo)
Juan Gronemeyer (batería y percusión)
Tío Rodi (percusión).
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www.myspace.com/chicotrujillo
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25 Octubre 2008
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Por Iñigo Díaz de MUS.CL
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Es posible que ni siquiera Alexandros Tefarikis haya tenido el control sobre los efectos que pueden producir sus estudios instrumentales y acústicos de bouzuki. Ésta es la música con la que ha optado seguir adelante en una vida solista paralela a la de su renombrada banda progresiva. Ése es el instrumento noble con el que ha reemplazado a la guitarra eléctrica feroz. Y esos son primeros efectos quedan expuestos a partir del giro total: Ergo Sum, el grupo que lo lanzó a la escena prog cuando era un joven guitarrista, suele ser atlético y gimnástico. A veces incluso agobiador. Esto es todo lo contrario, por mucho que en composiciones como "Antigua Grecia", Tefarikis demuestre su categoría técnica.
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Su primer disco se llamó Encuentros y si esas series parecían la descripción sonora de un largo viaje, Cuerdas mediterráneas en cambio evocan quietud. Movimiento y detención, dos partes iguales en la dinámica solista de Alexandros Tefarikis, un músico chileno que tiene nombre y apellido griegos a morir. El bouzuki, instrumento griego tetracordo de una edad mediana, ha sido desde entonces su segunda arma. Y si nos apuran un poco, la primera, porque ha llegado más lejos incluso que su guitarra eléctrica si consideramos la madurez y su alcance como compositor y solista.
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La música de Cuerdas mediterráneas suena así desde el título. Las creaciones privilegian estados de suspensión permanente por sobre desarrollos intrincados o demasiado meticulosos, como en el rock progresivo. Casi siempre hay uno o dos motivos musicales que se reparten en la muestra. Y el resto es silencio. Un efecto de trance que se da a través de sonidos cristalinos provocados por las cuerdas metálicas agrupadas en secciones dobles, en algunos casos dobladas de bouzuki en bouzuki por Tefarikis y casi siempre acompañadas por la percusión hang afinada en modo lidio y ejecutada por Pau Zañartu. Es un carácter propio que evoca a la antigua Grecia, a Asia Menor y a Medio Oriente, por la orilla mediterránea, y con desprendimiento y reflexión.
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Temas:
1. Mediterráneo.
2. Amanecer.
3. África nocturna.
4. Jasapico 7/8.
5. Solo hang.
6. Mix Ergo Sum.
7. Antigua Grecia.
8. Solo bouzuki.
9. Espartako.
10. Índico nocturno.
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Músicos:
Alexandros Tefarikis (bouzuki)
Pau Zañartu (hang).
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www.tefarikis.scd.cl
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2 Octubre 2008
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Por Iñigo Díaz de MUS.CL
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Si el charango fuera una guitarra eléctrica ya habría en esta historia un prócer, Conrado Charry García. Habría un solista elegante como Horacio Durán y uno velocísimo como Freddy Torrealba. Sólo faltaría el rockero, pero como Charanku ha sido presentado por su creador como un proyecto de "charangos y guitarras eléctricas", aquí está el último músico de esta muestra. Italo Pedrotti tiene 41 años, escuchó todo el rock clásico de la época y además fue un estudioso de la música andina al tiempo que un coejecutor del único método de entrenamiento del charango que existe en el mundo. Su instrumento ya era adelantado en los años en que militó en Entrama y ahora, en Charanku, en sus manos el charango es un charango urbano, contemporáneo y sobre todo progresivo.
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Desde ya, el grupo que dirige no toca huaynos puros ni regionales. Explora en otras fusiones formas cruzadas de operar el instrumento que alguna vez fue fabricado con la coraza de un animal fuerte como el quirquincho. Charanku desnivela esas lógicas musicales y aunque palpita siempre aire altiplánico (nadie que toque un charango podría desmarcarse del sonido tradicional), Pedrotti y su ensamble saben que provienen de una gran ciudad, donde se escucha rock eléctrico, pesado o progresivo. También existen en la historia de estos músicos bandas como Led Zeppelin o, si vamos algo más allá en la retórica musical, también un ensayo como el de King Crimson. Charanku realiza ese trabajo disciplinario crimsoniano en "Los cuatro jinetes", un experimento del largo aliento donde el charango aparece impulsado desde atrás por una unidad nunca antes tan rítmica y contundente como aquí con el bajo y la batería.
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Hay más charangos que los que sólo tocan Italo Pedrotti y José Luis Delpiano en Charanku. Están tras las composiciones del repertorio, integrando el cuerpo musical del instrumento más peligroso de la primavera de 1973: el propio Horacio Durán (de Inti-Illimani Histórico) con la "Tonada triste" (que recuerda esas melodías iniciáticas de la música andina de su agrupación), y Pajarito Araya (de Huara) con el "Reencuentro" (que un tiene inteligente solo de bajo eléctrico). Ellos son dos de los charanguistas chilenos más respetados por Pedrotti, el hombre que conduce, escribe y firma todo lo demás: "Vuelo de pájaros" con piano, guitarra de jazz y ágiles brincos de tres tiempos, la tensión persistente de "Sibanak, el ángel errante", o "Sideral", una narrativa composición del proyecto original de Charanku, como si ésa fuera el manifiesto estético del riff unido al repique. Charanku es la palabra como los indígenas llamaban al instrumento que los españoles nombraron charango. Ese espíritu se mantiene vivo, sólo que ahora se vuelve más rockero y más progresivo también.
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Temas:
1. Amaneceres
2. Reencuentro
3. Otoñal
4. Tonada triste
5. Cuatro jinetes
6. De Ushuaia a la Quiaca
7. Vuelo de pájaros
8. Sinabar, el ángel errante
9. Sideral
10. Ascotán.
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Músicos:
Italo Pedrotti (charango, charangón, ronroco, percusión, guitarra acústica)
Marcelo Arenas (batería)
Patricio Lisboa (guitarra eléctrica, contrabajo, loops)
Felipe Conejero (bajo eléctrico)
José Luis Delpiano (charango)
Italo Aguilera (guitarra eléctrica)
Diego Salazar (piano acústico y piano eléctrico)
Ignacio Urrejola (piano acústico)
Davor Miric (violín).
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29 Agosto 2008
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Por David Ponce de MUS.CL
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"Trova rock" fue llamada la música que tocaba este cantante incluso antes de ser Manuel García como solista, cuando actuaba a tiempo completo en el grupo de rock Mecánica Popular en los años '90. Aunque sirviera como etiqueta, podía ser un nombre discutible, porque esos ingredientes no parecían del todo integrados para entonces. Al menos no como ahora, en un segundo disco donde el músico replantea su sonido y de paso da sentido a esa idea de trova y rock. El rock está dentro de la trova de García. No es rock literal, sino todo lo contrario; es el gesto.
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Ese gesto puede tomar muchas formas. Está en lo elemental, porque el sonido es más puro, menos pulido aquí que en su primer disco, Pánico (2005). Menos contemplativo, también: un buen ejemplo es, en "Témpera" (la canción), el acertijo rítmico que sin contemplaciones marca la contrabajista María Teresa Molina, que además es la productora del disco. Hay instrumentos explícitos del rock, como una batería ocasional. Y el instrumento desgarrado de Témpera es sin duda la voz, más desprolija y áspera. Se advierte su intención por forzarla en varios momentos, y García hasta baja la afinación de la guitarra para conseguir un tono más grave. El mismo recurso de una banda de rock tan pesado como Hielo Negro.
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Más que una ruptura con el primer disco, Témpera es una transición, que se oye cuando el autor se remonta a cantar la fábula de un provinciano en la capital, o en el arreglo orquestal para "Canción y plegaria", que es en su origen una canción para guitarra acústica con años de guarda, y desde luego en la profusión de figuras poéticas de las letras. Pero ese mismo relato a ratos se vuelve más directo, como en "Tarde". Si hay tonadas como "Pañuelí" y sobre todo "Los colores", también se oyen austeras y esenciales. Y en una de estas canciones viene agazapado un final rockero que salta en los últimos compases con una batería robada a "Bolsa de mareo" o a "Tomorrow never knows", de Los Tres o los Beatles según el caso. Con un nuevo acento y una nueva intención, Manuel García sí sostiene su aptitud para componer canciones. Es el mismo talento con otro tratamiento para un nuevo gran disco de esta temporada.
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Temas:
1. Nadie + que el sol
2. Barcos de cristal
3. Ninguna calle
4. La gran capital (el provinciano)
5. Tarde
6. Canción y plegaria
7. Es bello es bueno
8. Pañuelí
9. Los colores
10. Témpera
11. Perderse
12. Piedras
13. Cangrejo azul
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Músicos:
Manuel García (voz y guitarra)
Diego Álvarez (guitarras)
María Teresa Molina (contrabajo y producción)
Alejandro Soto (teclados)
Felipe Orellana (cuatro)
Gonzalo Canales (guitarra)
Camilo Morales (batería, pandero, cajón peruano, bombo y percusión)
Javier Bustos (oboe y arreglos)
Daniela Rivera
Ximena Águila
Carlos Díaz
Rodrigo Peje Durán
María Teresa Molina (cuerdas)
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14 Julio 2008
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Por David Ponce de EMOL
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No es la hora de descubrir a Tita Parra, una cantante y autora que tiene seis discos, que grabó el primero en 1978 y que desde sus años literales de guagua ya estaba cantando con Violeta Parra, abuela suya, a comienzos de los '60. Pero por ahí ya se toma el desvío habitual de ponerla a la sombra del árbol genealógico, cuando ella tiene brillo personal. La propia cantante se ha acercado a la familia al trabajar en ocasiones sobre la obra de su abuela, pero en discos como éste se revelan sus talentos de compositora y cantante. Se supone que "el camino del medio" es una expresión que alude a equilibrio y la sabiduría, pero aquí también señaliza el camino distintivo de Tita Parra.
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Los recursos naturales son los propios de un disco de fusión latinoamericana. Instrumentos acústicos, timbres de flautas traversas, ritmos de intuición latinoamericana, de bossa nova o de Bahía. Brasil ronda el repertorio y no es casual que entre los músicos esté la clarinetista y flautista carioca Aline Gonçalves en instrumentos y arreglos. Pero también hay pop y sobre todo un contrapeso equivalente en el influjo del jazz. Es jazzístico el modo en que Emilio García arma escalas en su guitarra y el jazz fusión como género recupera frescura en estas composiciones. Un solo ejemplo de la riqueza de los arreglos es el modo en que, sin que cambie nunca el pulso, el ritmo no para de moverse entre una lógica y otra al interior de la primera canción.
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Con esos ingredientes el carácter más marcado es personal y está en el modo de componer. Tita Parra se dispara en una búsqueda provechosa de acordes en todo el disco. Está el misterio de las armonías de "Firmamento": si se propone escribir una letra cósmica, escribe también una música con la noción casi física del espacio o de un cielo abierto. "Miguel y la estrella" es sólo una de muchas bonitas melodías. Y en las líneas "Muero sin escaparme del miedo que es amigo / atravesando el vacío" de la segunda canción, es como si esos dos versos se descolgaran por una escalera imaginaria armada por la autora con la belleza de la melodía y las armonías. Tita Parra se sitúa así como un eslabón natural entre la generación de sus padres en la Nueva Canción Chilena y autores de hoy como Elizabeth Morris, Laura Fuentes, Francesca Ancarola o Magdalena Matthey, pero también entre músicos que en medio ya tomaron el jazz aplicado a la canción, como Hugo Moraga, Julio Zegers o desde luego Isabel Parra: aquí está además la voz de Tita Parra, con matices de la voz de su madre, pero también propia.
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www.titaparra.scd.cl
www.myspace.com/titaparra
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Tita Parra / ''El camino del medio'' (2008, Cantores del Mundo / Fondo para el Fomento de la Música Nacional)
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1. El camino del medio
2. Olas de luz
3. Deleites I
4. Deleites II
5. Una sola alma
6. Miguel y la estrella
7. Firmamento
8. La mañana verdadera
9. La tierra
10. Corazón en flor
11. Danza Violeta (instrumental)
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Músicos:
Tita Parra (voz, guitarras, viola caipira y udú)
Antar, Rodrigo Alvarado y Emilio García (guitarras)
Claudio Gutiérrez (viola)
Aline Goncalves (flauta traversa, clarinete y voces)
Pedro Melo (bajo, acordeón, flauta traversa, teclados y percusión)
Raúl Aliaga (batería y percusión).
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27 Junio 2008
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Por Iñigo Díaz de MUS.CL
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Frente a toda la historia del piano clásico, la guitarra clásica está en su niñez. Y frente a toda la música de cámara europea, el repertorio latinoamericano también corre con desventaja. Pero eso es una tendencia en desuso, al menos en este lado del mundo. Los pianos son cada vez menos en las casas y las guitarras más, y también la música europea se convierte ahora en método de estudio preliminar para abordar luego aquello que más les interesa a los guitarristas clásicos chilenos: la música de cámara latinoamericana. José Antonio Escobar, por ejemplo, un prestigiado concertista nacional, ya grabó el disco Guitar music of Chile (2008), pedido y editado por el sello de origen alemán Naxos, con obras de Violeta Parra, Horacio Salinas, Antonio Restucci y Juan Antonio Sánchez, entre otros.
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Ahora es la hora de Dúo (2008), un álbum perteneciente al catálogo de grabaciones del compositor y productor discográfico Santiago Vera Rivera (las iniciales detrás del sello editor). Es el desenlace natural de un proyecto de guitarras latinoamericanas que ha viajado por todo Chile y también por salas y cámaras europeas, con todos los respaldos posibles porque es un proyecto del Bicentenario. Era lógico que la música escogida por los guitarristas Luis Orlandini (n. 1964) y Romilio Orellana (n. 1970) llegara al disco. De hecho, en el pequeño mundo de la guitarra clásica, este trabajo se esperaba con atención porque el dúo representa una de las cotas de mayor altura en la música chilena actual. Orlandini fue el primero en obtener premios en el extranjero (en Alemania en 1989) y Orellana es parte de la generación brillante que lo sucedió: Vladimir Carrasco, Carlos Pérez, Cristián Vásquez, José Antonio Escobar y él.
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Dúo es un ejercicio de perfeccionismo docto sin perder esa sangre folclórica. Se dice que el contraste entre las dos personalidades musicales del dúo también jugó a favor de los resultados de esta precisión sonora y colorido visual. Porque las piezas reproducidas aquí en diversos ritmos de raíz por Orlandini y Orellana parecen pequeñas obras de arte plástico. Orlandini es un músico que busca la excelencia técnica y el orden. Por algo muchos compositores dedican obras a su guitarra o pretenden que él las estrene. Orellana es un carismático y vibrante solista. Toca con más pasión aún. Las temperaturas de ambos músicos se nivelan en un dúo de elegancias tales que hasta las respiraciones se convierten en parte favorable de la interpretación. El dúo toca un repertorio latinoamericano de nivel: desde danzas del cubano Manuel Saumell fechadas en 1840 hasta la serie de cuatro direcciones del chileno Chicoria Sánchez en 2007. Desde aires chilenos del maestro nacional Oscar Ohlsen (2007) hasta tangos contemporáneos del compositor Astor Piazzolla (1984). Son cantos y contracantos, son preguntas, respuestas y conversaciones: dúos espléndidos de Orellana y Orlandini en una fina distinción de la música latinoamericana para guitarra clásica.
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Temas:
1. Suite sobre aires chilenos (2007, Óscar Ohlsen) / Impresiones sobre una canción de Luis Advis / Vamos a Belén, pastores / La malahueña / La palomita.
2. Tres contradanzas (1840-50, Manuel Saumell) / La virtuosa / la niña bonita / La quejosita.
3. Trastocada (2007, Javier Farías).
4. Anacleto de Medeiros, de la Suite retratos (1956, Radames Gnatalli).
5. Ernesto Nazareth (1943, Radames Gnatalli).
6. Cuatro caminos (2007, Juan Antonio Sánchez) / Norte / Sur / Este / Oeste.
7. Tango suite (1984, Astor Piazzolla) / Allegro / Andante / Allegro.
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Músicos: Romilio Orellana (guitarra), Luis Orlandini (guitarra).
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www.luisorlandini.cl
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30 Mayo 2008
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Por Iñigo Díaz de MUS.CL
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Hay una música chilena que se escucha familiar porque fue parte del otro paisaje sonoro de esos quince años con las orquestaciones del himno de la Digeder y las cortinas de Kukulina Show. Es familiar además porque es una música que tiene un linaje. Lo que toca y canta el ensamble acústico Napalé parece por momentos música de esa resistencia, pero veinte años después, entre otras cosas porque esta agrupación es descendiente directo de las voces tronadoras de Quilapayún. Napalé nació desde el taller impartido por Barroco Andino en los '70 y Barroco Andino nació a partir de la expulsión del país de Quilapayún en 1973. Y además, Cruzando territorios, el quinto disco de Napalé, lleva una dedicatoria al compositor Luis Advis, que es como un padre para Quilapayún.
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Las voces de Napalé son tronadoras también cuando el grupo traza esos territorios otra vez, como si fuera de regreso hacia su primera raíz. No obligatoriamente hacia una canción contingente, sino al discurso poético del que obtuvo lecciones cuando los hermanos Pérez (Rodrigo y Ernesto, fundadores de Napalé junto a Fernando Mena en 1982) eran unos adolescentes y tocaban en el Barroquito (facción de aprendices de Barroco Andino). En la baguala "Lunita de lejos", del quila histórico Eduardo Carrasco que incluye al quila joven Ismael Oddó, esos vozarrones regresan hasta aquí mismo con fuerza. Y en ese final del disco con "La partida", instrumental de Víctor Jara que Inti-Illimani llevó por el mundo en su destierro, hay alguien que se emociona en casa al escuchar y otro más que se pone de pie para aplaudir a Napalé en el Galpón Víctor Jara, donde fue registrada esta toma en vivo.
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La música de Napalé fue siempre peculiar. Fue subversiva en medio de la olla a presión de la dictadura militar de otra manera. Sus músicos, universitarios aguerridos que permanecieron en Chile durante todo el período, fueron al frente cada día con canciones de protesta presentadas ingeniosamente como obras de música docta, con atriles y con clarinete, marimba, cello y contrabajo, instrumentos que nadie se atrevería a proscribir. Napalé asimila el folclor regional desde la academia y entonces reaparece como un grupo de cámara que se convierte ahora en el padre de una nueva generación, la de Entrama, Cántaro y el Ensamble Serenata. Las voces de Napalé ya no son purmanente voces para cantar. Son tenores o barítonos unidos en la interpretación de esta música de cámara y entonces una voz como la de Francesca Ancarola, invitada en la chacarera "La oncena" de Eduardo Lagos, es así una contralto solista.
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Además Napalé restudia y remonta la sinfonía "Los tres tiempos de América", de Luis Advis, aunque en rigor es la pieza "Hombre de América", que pertenece a esta obra de carácter docto y raíz folclórica. Una fotografía familiar más en Cruzando territorios, la obra de la adultez de un Napalé que viaja del tango a la tonada y al sanjuanito, con naturalidad y en familia: "Quisimos mezclar canciones no necesariamente famosas, que escucharon nuestros abuelos, tíos, padres y amigos, junto a la música que nosotros, sus nietos, sobrinos, hijos y hermanos, seguimos haciendo hoy".
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Temas:
1. El cóndor
2. Ky choro
3. Desvelo
4. Sanjuanito el lobito
5. ¿En dónde tejemos la ronda?
6. Mal de amores
7. Cuando se trata de tristeza
8. La oncena
9. Lunita de lejos
10. Escualo
11. La niña de Guatemala
12. Hombre de América
13. La partida (en vivo)
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Músicos:
Ernesto Pérez (voz tenor, tiple, guitarra)
Alejandro Ibarra (voz barítono, marimba, percusión, clarinete, zampoña)
Jorge Lillo (voz barítono, contrabajo, guitarrón mexicano, guitarra, quena, zampoña, percusión)
Carlos Miranda (voz tenor, flauta traversa, zampoña, quena, charango, cuatro, guitarra, percusión)
Ignacio Ugarte (voz barítono, guitarra, zampoña, percusión)
Rodrigo Arratia (voz tenor, quena, charango, zampoña, charango, guitarra, tiple, piano, percusión)
Rodrigo García (voz barítono, cello, percusión)
Francesca Ancarola (voz contralto solista)
Hernán Castro (cello)
Ismael Oddó (voz tenor solista)
Greco Acuña (conga)
Rosa escobar (voz contralto solista)
Tatiana Romero (oboe), Gerardo Villagrán (corno)
Ariel Casiva (viola)
Francisco Villarroel (violín)
Freddy Torrealba (charango solista)
Melvin Velásquez (guitarra)
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www.napale.cl
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22 Mayo 2008
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Por Iñigo Díaz de MUS.CL
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Jorge Campos invirtió el orden lógico: tambores y bajos, por bajos y tambores. Y es igualmente lógico porque su nombre no sólo está asociado a ese fino bajista de fusión de dos décadas con Congreso y al joven bajista rockero de Fulano durante otros veinte más, sino que en su cuarto disco solista su instrumento sanguíneo es absolutamente protagónico. Campos arma, desarma y rearma el sonido de la obra escogida con su arsenal, que va desde un bajo activo de cinco cuerdas hasta un contrabajo de madera noble con arco, pasando por esa lutería única que se llama Machi (un bajo de dos brazos que incluye encordados dobles y mástiles destrastados). Los bajos están, nominalmente, antes que los tambores. Y el disco se llama así: Bajos y tambores.
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Pero incluso de esta forma las cuerdas y los parches equiparan sus pesos al interior de su nuevo cuarteto (que él llama "kuarteto", por su vínculo de respeto con la cosmovisión mapuche). Los bajos los ejecutan Jorge Campos e Isabela Rain (quien toca un fantástico ejemplar del modelo Höfner "violín" que popularizó Paul McCartney durante la Beatlemanía), mientras los tambores, Raúl Aliaga en la batería y Fat Pablo, el DJ especialista en la relojería del drum and bass, o sea en el vértigo imparable de los tambores y bajos.
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Este registro apuntado en vivo y directo en la ex Cárcel de Valparaíso es el desenlace de una gira que el ensamble de Campos realizó durante 2006. Luego de este concierto final y el ajuste del equipaje, el músico abordó un vuelo para radicarse en Londres y también tocar mucho en México. Dos temporadas fuera y hoy ya está de regreso con la nueva performance de Bajos y tambores, que es también una descripción de esa posición de adelanto que Campos tiene como uno de los más arriesgados músicos de su generación, antifascista por naturaleza y académica por excelencia.
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Hay composiciones de sus segundo y tercer discos, Machi (2000) y La ausencia de lo sagrado (2004), que son los más experimentales en cuanto a tratamiento de su obra (La magia necesaria, de 1995, es más bien un disco de canciones). Campos expone aquí ese característico sonido gutural que adquieren sus cuerdas, como cuando rockeaba en Fulano. Puede ser con firmes pizzicatos sobre los scratches y samples de Fat Pablo en "Hot copilot", o puede ser con rasgueos de las cuerdas como si el bajo fuera una guitarra sobre el ritmo de drum and bass orgánico construido por Raúl Aliaga en "Yo creí".
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Por mucho tiempo, durante la época de popularidad del jazz fusión o la música progresiva, se creyó que el mejor músico era el que tocaba más rápido. "Para mí eso es basura", escribe Campos. Primero lo escribe y después lo demuestra recreando atmósferas de sonido en una línea continua, alterada sólo por hitos musicales. "La ausencia de lo sagrado (viaje)" se escucha como una masa oscura y pesada y en "Zátrapa" un fondo de ritmo y teclados permite todo tipo de desplazamientos simples del bajo. "Octaton" mira hacia el rock, "Mapocho" hacia el jazz y "Doimo" hacia el avant-garde. Son tres direcciones en las que el Campos compositor se mueve y que se completa finalmente con la integración de elementos de la música mapuche, siempre presente. Esto es electroetnofusión, con bajos y tambores, una palabra muy larga que creó el propio Campos y sobre la que todavía hay muchos discos que tocar en el futuro.
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Temas:
1. La ausencia de lo sagrado (viaje)
2. Octaton
3. Mapocho
4. Yo creí
5. Sátrapa
6. Doimo
7. Horrisono
8. Hot copilot
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Músicos:
Jorge Campos (bajo de 5 cuerdas, bajo doble Machi, contrabajo, teclados)
Isabela Rain (bajo y teclado)
Fat Pablo (tornamesas, bases y teclados)
Raúl Aliaga (batería)
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www.eltemplo.cl
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