Por Sergio Benavides de LA NACION

Cuando no hay pega se afirma entre la gente y los asientos e interpreta temas del folclor latinoamericano. Carlos Cabezas habla de su momento con el grupo rock más importante de la historia y de las dificultades de ser músico en Chile.

Dos semanas antes de encontrarse en una micro con Juanita Parra, un anónimo Carlos Cabezas miró al cielo y dijo: “Señor, si me pones en una banda grande dejo todas las cosas malas”. Estaba cansado de militar en grupos que no funcionaban y de transar con empresarios inescrupulosos que recortaban platas por donde podían.

Un par de meses más tarde de aquel 1997 llegaba a su primera tocata con Los Jaivas. Era el principio de una historia que hoy lo hace ocupar el espacio vocal dejado por el mismísimo “Gato” Alquinta.

Carlos Cabezas es un tipo de sonrisa fácil. Siempre con la talla a flor de labios. Tanto así que en nuestro segundo encuentro bromea con un carabinero en plena Plaza de la Constitución y mostrando su dentadura le dice: “¿adónde ponemos la bomba?” Prueba superada y el hombre de uniforme verde no sólo se limita a devolver la sonrisa sino que sigue el juego: “En democracia tiene que haber pa’ todos los gustos, incluso pa’ poner bombas. Además esta plaza debería llamarse la plaza de los hueones porque todos vienen a reclamar y de adentro preguntan ¿quiénes son esos huevones?”.

“No me denigra”

Pero nuestro primer encuentro fue diferente y ocurrió hace dos semanas. El músico figuraba junto a un compañero de tocatas rasgueando su charango en una micro de Irarrázaval. Pocos lo reconocieron mientras cantaba un repertorio latinoamericano (que incluía el “Mambo de Machaguay”). Ahí acordamos una entrevista. Resultaba sorprendente que un miembro de una de las bandas más importantes de la música chilena, Los Jaivas, estuviera tocando en un circuito tan especial. “No me denigra subirme a la micro, al contrario, me enriquece”, sostiene Cabezas.

No es primera vez que el músico toca en la locomoción colectiva, y los cuatro meses que Los Jaivas estuvieron parados lo llevaron a reencontrarse con estos caminos conocidos. El 2006 no fue muy prolífico en lo que a conciertos se refiere por lo que tuvo que retomar una de las vertientes más conocidas del canto popular. “De pequeño lo hice por necesidad, hoy es sólo un complemento de cuando no hay muchos conciertos, además de las clases. Uno se las busca y las encuentra”, dice.

Cabezas es el heredero natural del espacio vocal dejado por Alquinta, pero su historia es la de un tipo de esfuerzo, con un oído increíble y que charango en ristre no sólo ha superado obstáculos sino que ha recorrido el mundo de la mano de sus cuerdas. Su madre compartió escenario con Violeta Parra y su padre era baterista. Pero de los cinco hermanos sólo él se dedicó a la música.

Fue en 1997 cuando Juanita Parra lo encontró en una micro. “Yo creí que estaba pinchando, y cuando mi compañero le iba tirar un piropo a la joven que miraba insistentemente, ella lo paró en seco y le dijo que quería hablar conmigo”. Me pasó un número de teléfono y recién entonces me di cuenta de quién era”, dice. Pasó el tiempo y Juanita se fue a Francia. Cuando volvió le dijo que tenía que estar listo para entrar en el grupo. Al principio el “Gato” no se mostró muy afectivo con la nueva contratación, pero con el tiempo se ganó el apodo de “el primero del curso”. Siempre llegaba antes a los ensayos y, según cuenta, sólo una vez llegó segundo.

PIERO EN LA PARADA

Tras la muerte de “Gato”, se suponía que Carlos sería su reemplazo natural. En el último tiempo, Gato se mostraba contento por su ayuda en los coros y en las canciones de alto registro. Tras su muerte, primero la agrupación intentó con Aurora Alquinta y luego con otras voces, “pero aunque suene mal, yo tenía una voz interna que decía que iba a cantar en Los Jaivas. Era Dios que le hablaba a mi madre y a mí”, dice confirmando su vocación evangélica.

Actualmente, cree que la vida del músico es complicada sobre todo con bandas como Kudai que cobran la mitad de precio, hecho que perjudica a las otras agrupaciones. Sin embargo, para Los Jaivas sólo tiene agradecimientos.: “Es una gran oportunidad. No es que ellos me hayan tocado con una varita mágica para lograr un sueño (como muchos quieren contar el cuento), pero estoy muy feliz de ser parte de una gran historia y del legado musical de este gran grupo”.

El micrero pasa segunda y una señora del primer asiento casi rueda por la escalera. Carlos va firme. Suena el primer acorde de su charango. Está vez el viaje continúa con una de Piero, y abordo la gente sonríe.