Por Juan Pablo Cárdenas S. de RUCH

La organización mafiosa de los partidos, la consagración del caudillismo y el nepotismo más descarado para repartirse el botín de los cargos públicos. Basta comparar la gran cantidad de partidos y movimientos al momento de Triunfo del NO con los 4 socios pelagatos que permanecen en el festín del cuoteo y la designación de operadores políticos con la misión de complementar los sueldos de algunos “servidores públicos”, financiar las campañas políticas y aferrarse a los cargos parlamentarios y municipales.

Los delincuentes comunes ven complicada su situación penal cuando se les descubre que forman parte de una asociación ilícita para realizar sus despropósitos. Algo similar podría ocurrirle a la autodenominada clase política si los jueces se atrevieran a establecer que en Chile se ha consolidado todo un sistema para desfalcar al estado, burlarse de las leyes de probidad, consagrar la impunidad y favorecerse con nombramientos en cargos públicos cerca de las alcancías fiscales.

El itinerario es más o menos evidente a esta altura de la Transición. En primer lugar, las nuevas autoridades decretaron una amnistía de hecho a todas las irregularidades de sus predecesores. Nadie pagaría por el saqueo de las empresas públicas y el enriquecimiento ilícito de quienes se consolidaron bajo el alero de Pinochet. No se revisarían las cuentas ni se auditarían los balances de la Dictadura en delitos tan cuantiosos en materia de adquisición de armas, uso y abuso de gastos reservados y concesiones a empresas internas y extranjeras sin la más mínima consideración por nuestro patrimonio nacional.

Enseguida, desde La Moneda se emprendería un plan para exterminar a la prensa libre y consolidar buenas relaciones con la prensa uniformada a cambio de una oposición discreta y que pusiera “vista gorda” ante los primeros síntomas de corrupción. Allí están los créditos impagos y la generosa tajada que obtienen algunos medios de la publicidad estatal. Preferible era “arreglarse” con los diarios tradicionales que arriesgarse a que los periodistas de los medios dignos se pusiesen a fiscalizar los actos de Gobierno. Millones de dólares para sostener el juicio e impedir la reaparición del diario El Clarín, muchos miles de pesos para asesinar a medios de comunicación democráticos. Tolerancia cero a la posibilidad de derogar el IVA a los libros y periódicos, el impuesto más elevado del Planeta en desmedro de la actividad editorial.

A lo anterior, la organización mafiosa de los partidos, la consagración del caudillismo y el nepotismo más descarado para repartirse el botín de los cargos públicos. Basta comparar la gran cantidad de partidos y movimientos al momento de Triunfo del NO con los 4 socios pelagatos que permanecen en el festín del cuoteo y la designación de operadores políticos con la misión de complementar los sueldos de algunos “servidores públicos”, financiar las campañas políticas y aferrarse a los cargos parlamentarios y municipales. Propósito que ni siquiera respeta las partidas presupuestarias para fomentar el empleo y respaldar el esfuerzo de nuestros abnegados deportistas.

Distraer a la opinión pública en la farándula y la procacidad informativa. Provocar cortinas de humo con las pendejadas valóricas del condón, la píldora del día después y otros temas que afloran como comodines cuando se descubren sus ilícitos. Simular diferencias ideológicas, cuando ya está archi probado (más allá de las respetables excepciones)- que todos están complacidos con la “política de los acuerdos”, la posibilidad de eternizarse en los cargos y disfrutar de las dádivas y aplausos que reciben de los grandes empresarios por mantener los salarios deprimidos, mantener al mundo social atomizado y garantizarse vía expedita para usurpar nuestros recursos naturales y agredir nuestra naturaleza.

En un país en que no hace falta la alternancia en el poder porque Gobierno y Oposición amistosamente lo han compartido.

Toda una estrategia, una organización para delinquir que empezó a tambalear, sin embargo, con la detención de Pinochet en Londres, el surgimiento de jueces dignos y la creciente movilización ciudadana que ya se alza contra los pretextos y las injusticias consagradas en los 16 años que han seguido a los 17 del Régimen Militar. Un pueblo mucho menos imbécil del que suponen los políticos y que, contrario a lo que se dice, no ha perdido su capacidad de asombro y demuestra perplejidad ante los episodios de corrupción que irrumpen cotidianamente. Porque, muy por el contrario de lo que afirman algunos secuaces, ya no son lunares los que mancillan el honor nacional, sino la más extendida metástasis de un cáncer que sólo puede extirparse en una cirugía profunda de la política.

Con la posibilidad de que los chilenos ejerzan la democracia de la movilización y el repudio ciudadano a quienes ayer ya provocaron un profundo quiebre de nuestra convivencia y hoy reinciden tal como los delincuentes comunes cebados en el delito y la impunidad. Salvo que en este caso su asociación ilícita tomó más tiempo en ser advertida.