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Por Juan Pablo Cárdenas S. de Radio Universidad de Chile
En nuestro pasado republicano siempre se desconfió de los grandes millonarios vinculados a la política al mismo tiempo que se valoraba a quienes, después de ejercer como presidentes, parlamentarios o magistrados, volvían a sus mismas casas y costumbres y no mostraban indicio alguno de haberse enriquecido durante su función pública. La historia registra no pocos casos de políticos que se jubilaban en la pobreza y que en la noble tarea de servir al pueblo incluso perdían propiedades y herencias. Hasta hoy se recuerda a Bernardo Leighton, por la dignidad y modestia en que vivió, así como por el mérito de haber ganado elecciones y obtenido grandes votaciones sin estridencias propagandísticas.
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Desde que los mexicanos proclamaron que un “político pobre es un pobre político” decenas de dirigentes han asumido con devoción esta sentencia. No es extraño, entonces, que el proceso de corrupción que fatiga a la política se relacione tanto con licitaciones, coimas, actores, empresas e instituciones pero, sobre todo, metodologías tan parecidas a las del país del norte. Sindicado universalmente por su cultura, belleza, riqueza y hospitalidad, pero también tan reconocido por la insolvencia moral de su clase dirigente. Revise usted los casos más bullados de corrupción y descubrirá fórmulas y discípulos de esta ideología de que en el poder es para hacerse rico o más rico. En la escandalera MOP, Gate, Ciade, Irecon y otros episodios la “conexión mexicana” se aprecia contundente y podría hacerse todavía más explícita si los Tribunales abrieran causa para investigar la curiosa instalación en Chile de Amado Carrillo (El Señor de los Cielos) con un séquito de narcotraficantes, guaruras, familiares y amigos que adquirieron propiedades, automóviles de lujo y otros bienes sin que las autoridades se “percataran”… Cuando se sabe que incluso se les otorgó documentación chilena y asistencia jurídica para residir en la Copia Feliz del Edén y escapar de las órdenes de captura internacional.
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Sabemos que en nuestro país es difícil tropezarse con minas de oro y millonarias oportunidades, como para que la Dictadura y lo que le siguió nos haya arrojado tan alto número de políticos y gerentes que hacen gala de su buen vivir. Jacobinos y guerrilleros del pasado que, después de los miles de combatientes que murieron y padecieron por ellos, hoy se ufanan de reciclarse en tolerantes, pacíficos y, por supuesto, prósperos empresarios. Como todo ese conjunto de “emprendedores” enriquecido gracias a las leyes, yacimientos y propiedades públicas que ofrendaron al capital foráneo. A cambio, como se registra, de quedar instalados en sus directorios y recibir suculentos estipendios, para pasarlo bien, trabajar poco y sin riesgo. Conspicuos que hasta hoy se valen de la información preferencial para competir en fortuna con los más ricos del mundo y, de paso, darse el gustito de ceñirse la Banda Presidencial. De la misma forma en que, a otro nivel, los operadores políticos asaltan sin tregua las alcancías fiscales y, en su desparpajo, son capaces de sustraerle recursos a los planes de empleo y a los jóvenes deportistas.
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Con lo que nos tropezamos, efectivamente, es con los escándalos de nuestra clase dirigente o, más bien, negociante. Ayer, con los sobresueldos, las concesiones viales; hoy con Ferrocarriles del Estado, los casinos de juegos. Mañana, le aseguro, con las platas del rescate al Transantiago y esas erogaciones de rumbo incierto a las regiones, incluida la que sirvió para comprarse un voto opositor. Todo esto gracias a una institucionalidad política que amarra a los parlamentarios al gobierno y a los supremos jueces al Senado. Así como están subordinados todos a quienes financian las elecciones, los medios informativos más poderosos y los partidos políticos.
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Ojalá que esta vez los chilenos seamos capaces de abrir los ojos antes de deslizarnos por un nuevo precipicio. Acertadamente, mucho más de la mitad de los ciudadanos no tiene afecto alguno, ya, por los referentes del actual espectro partidario. Y los escándalos y fracasos que se suceden, según las encuestas, castigan por igual a oficialistas y opositores. Lo grave, sin embargo, es que el país no visualice alternativa y que muchos teman que las próximas elecciones otra vez estemos en la puerta giratoria de la política, por la que sólo circulan los mismos.
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De un cargo a otro y de un escándalo al siguiente.
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