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Por Vivian Lavín de Radio Universidad de Chile
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Es habitual, en esta época del año, encontrarse con todo tipo de rankings respecto de los libros más vendidos, los más premiados o los que han tenido, porqué no decirlo los más abultados presupuestos en difusión y marketing. Una suerte de brújula que los medios de comunicación, pero sobre todo, las editoriales se empeñan en difundir. Una manera de seducir a los lectores con títulos del tipo “las mejores lecturas del verano” o “los libros indispensables para las vacaciones” que buscan informar pero más que nada, convencer a esos escasos y “cautivos devoradores de libros” para que se decidan por ciertos títulos.
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Está claro que esta lista no la integran jamás los clásicos de la literatura, porque se da por entendido que el lector ya pasó por esa etapa y que ahora está para otro tipo de lecturas, como aquellas que le ayuden a interpretar el mundo que estamos viviendo desde muchos puntos de vista. Así, por ejemplo, abundan los títulos que buscan socorrer al lector en la más variada gama de ámbitos, sea en el laboral, familiar o en el aprendizaje del liderazgo, por ejemplo. Se registra también esa gran cantidad de obras de ficción que gustan a un lector algo más exigente y que en su lectura persigue, de paso, eso que hemos denominado “culturizarse”, es decir, a través de exóticas historias de aventuras o fogosos romances, llevarlos de manera indirecta por remotas civilizaciones o personajes históricos que ilustran el decorado de la novela. Están por supuesto, los llamados “best sellers” que llegan, por lo general, desde la literatura anglosajona y sin más ambages, buscan entretener. Y esta última pareciera ser la palabra clave, es decir, la búsqueda de una lectura que logre llevar a su lector fuera de la odiosa rutina anual y a un ritmo, ojalá vertiginoso, para después decir, “este libro no lo pude soltar hasta que terminé de leer la última página”. Un mérito, por cierto, del autor que tiene el peligroso riesgo se convertirse en “pan para hoy y hambre para mañana”. Y es que todas estas variantes buscan en el lector una suerte de estado de placidez máxima, en el que el pensar demasiado aparece como peligroso, dañino y hasta grotesco, porque se está de vacaciones, porque la idea es pasarlo bien, disfrutar y relajarse al máximo, hasta el punto de dejar de pensar.
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Y si bien las condiciones meteorológicas del verano y nuestro organismo nos indican que es tiempo salir, de enajenarse un poco, también es una gran oportunidad para ir en la búsqueda de otro libros, que entregan otro tipo de placeres, más ligados y no se asuste, a la tristeza y la melancolía pero que conducen finalmente, a esa especie de felicidad que se logra luego de haber comprendido o compadecido en profundidad el verdadero sentido de nuestras existencias. Schelling, como muchos otros filósofos alemanes, le otorgan a la vida humana una tristeza fundamental que experimentamos como una” profunda e indestructible melancolía”, que la cosmología actual traduce como las huellas de esa primera explosión del Big Bang, cuyas ondas cósmicas nos han traspasado desde el principio del universo. La idea la planteó hace casi 200 años el filósofo alemán quien propuso que “la libertad que se adhiere a toda la vida mortal, una tristeza que, sin embargo, nunca llega a la realidad, sino que sólo sirve a la perdurable alegría de la superación. De ahí el velo de la pesadumbre, el cual se extiende sobre la naturaleza entera, de ahí la profunda e indestructible melancolía de toda la vida. Sólo en la personalidad de la vida; y toda personalidad se apoya en un fundamento oscuro, que, no obstante, debe ser también el fundamento del conocimiento”. Una invitación que propone una lectura por ejemplo, de los rusos, esos “grandes conocedores del alma humana”, como los recomendaba Gabriela Mistral y que entregan algo más que unas horas de carrusel y pirotecnia literaria.
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